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Los Paraísos parisinos


“(…) y entonces sentirás menos abandonar este Paraíso, porque dentro de ti hallarás otro mucho más venturoso y bello.” (Los Paraísos Perdidos, XII.  John Milton)

Consciente del peligro de recomendar cualquier cosa en la vida, recomiendo ir a ver la última película de Woody Allen, Medianoche en París.

Pocas veces, el cine sencillo y bien contado logra atrapar, con tanta gracia y sin amasijos especiales, una historia fantástica que sabe decir lo que quiere decir.

Requisito: ser un romántico del arte y la literatura, no digo ser un exégeta o un fanático, sino eso, ser un romántico, ser de los que compra un libro por su autor, de los que reconoce a un autor por su retrato o por sus detalles biográficos, de los que adora una época por los seres que la habitaron.

Sin grandes ni apresuradas conclusiones, la película nos transporta a un aire de fascinación para después atraparnos en nuestra propia trampa y llevarnos al punto del descalabro de reírnos de nuestra propia deliberada debilidad por el pasado.

La primera crítica que escuché sobre la película fue que no recrea con fidelidad a los personajes históricos que presenta. Pero esta crítica ignora lo que me parece el mismo propósito de la historia: fabular el pasado con el encanto y la fantasía con que muchas veces lo imaginamos, deformarlo a la medida de nuestra necesidad.

Los personajes que se presentan están trastocados, son meros bocetos de la imaginación de Gil Pender, como él se los figura, como él imagina la bohemia del Paris de los años 20 y, con esto, nos lleva en banda a todos los que muchas veces suspiramos por otro tiempo y otro lugar.

Es inevitable pensar en que,  además de todos los personajes que Woody Allen incluye en la historia, por esa época, en mi propio París imaginario, podría encontrarme con César Vallejo, Vicente Huidobro, André Breton, Max Jiménez. Sería muy productivo figurarse cada uno el París de su preferencia para habitarlo cuando fuera necesario.

Es posible que los únicos paraísos sean los paraísos perdidos, pero mejores y más venturosos y bellos son los paraísos de dentro, y de esos habla esta película.  

Está para verla y reverla.

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Yolanda Oreamuno entre amigos

El pasado viernes 8 de julio, la fosa número 729 del Cementerio General, recibió a una gran cantidad de costarricenses, familiares, amigos, admiradores, curiosos, todos alentados por la convocatoria de Juan Pablo Morales, quien se dio a la tarea de saldar una vieja cuenta pendiente con la memoria de la gran escritora e intelectual costarricense, Yolanda Oreamuno.

Yolanda Oreamuno (1916-1946) o YO, como firmó alguno de sus textos, fue una destacada figura de Costa Rica, por su inteligencia y su belleza. Autora de muchas obras (la mayoría perdidas), se exilió en México y Guatemala, buscando mejor suerte para su obra y su vida.

Luego de una vida agitada y de una gran labor literaria, muere a la corta edad de40 años, en casa de su amiga poeta, Eunice Odio, también costarricense exiliada, en México. Sus restos fueron trasladados años después a Costa Rica, por iniciativa de Olga Benedictis de Echandi.

Aunque sus restos fue repatriados a Costa Rica, desde 1961, su memoria yacía bajo una lápida sin nombre, sin un humilde azulejo, con la simple inscripción del número 729.

Cincuenta años después de que su regreso a Costa Rica, un tiempo demasiado largo, la tumba de Yolanda Oreamuno, recibió el homenaje de la belleza y el amor de quienes se acercaron para rendir, con flores blancas, una ofrenda de gracias y reconocimiento a su vida y su obra.

Jacques Sagot; Alfonso Chase (hatillense destacadísimo); el hijo de YO, Sergio Barahona Oreamuno; su nieta, Ana Barahona, fueron los encargados de dar las palabras de rigor en reconocimiento de una vida espléndida, una costarricense incomprendida, brillante y bella.

En el evento se entregó también un pequeño dossier editado en Costa Rica por la Asociación Cultural Nueva Acrópolis, en colaboración con el Instituto Tecnológico, sobre la obra y vida de Eunice Odio y de Yolanda Oreamuno.

Diremos, como otros dijeron, que el mejor homenaje a esta gran costarricense es leer su obra, su novela La Ruta de su Evasión y los cuentos que se encuentran en la antología A lo largo del corto camino, y también abrir nuestro espíritu de fraternidad y libertad, para que grandes seres como lo fue Yolanda Oreamuno, encuentren en Costa Rica tierra fértil, no sólo para el banano y el café, sino para el arte y las ideas.  

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Marimba en el Nacional

Hay ocasiones en las que, por alguna extraña suerte concedida, la música nos sorprende.

En esos instantes, pareciera que en nuestro asombro la música fuera trepando por nuestros oídos como un animal sensual y desconocido, batiendo el aire en vibraciones frescas, con luces nuevas y  largas, largas, como ondas que no se extinguen. La música, sólo la música, esa misteriosa forma de tiempo, como le llamó Borges.

Eso vivimos -hablo en muchos- quienes asistimos al pasado concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional, concierto que estuvo dirigido por el Maestro Daniel Nazareth, de quien, como mero oidor, puedo decir que, desde el primer batir de manos, se recibe una energía musical particular, muy intensa.

Pero no es sobre él sobre quien quiero escribir, sino sobre Ney Rosauro, percusionista y compositor brasileño invitado para este Concierto.

La elección de un solista de marimba y vibráfono era ya de por sí promisoria, atrevida dentro del ámbito a veces un poco aséptico -criterio personal- de la música culta en Costa Rica.

Pero la presentación de Ney Rosauro, fue más allá de una simple ruptura del canon musical de un domingo sinfónico para instalarse, desde el inicio, en el territorio de los sonidos imprecisos.

Delante de un auditorio de Teatro Nacional a medio poblar, apareció Ney Rosauro,  flaco como las baquetas que empuñaba sonriente. 

Primero, se movió El Continente, que inauguró los movimientos de aquella Serenata para marimba, vibráfono y cuerdas, obra que el autor dedica a su madre. A partir de ese momento, entramos en esa extraña dimensión del tiempo.

Como aficionado de la música, nunca me he sentido cómodo con la descripción de pasajes musicales: la música debería ser una experiencia intransferible e indescriptible.

Pero puedo decir algo que intuyo.

Pienso que existe un no sé qué atávico en el tico que lo liga a uno a esa expresividad de la marimba y sus familiares, porque, además de la ejecución virtuosa y apasionada del autor, se respiró una comunión musical entre el auditorio y los músicos que, a mi parecer, no siempre se condensa tan mágicamente como aquella mañana.

Al puro final del último movimiento, Ney Rosauro tomó un arco de violín y rasgó dulcemente el filo de las teclas y fue como si el mismo aire se quedara sin aliento, como si el Final de la Serenata fuera el dulce final del tiempo, el misterioso tiempo que es la música.

Pablo Rojas.  Julio 2011.

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Uno y Sabato: los días de la resistencia

En bus hacia Limón, me dirigía a impartir una conferencia de Nueva Acrópolis sobre mitología del áfrica negra o algo así. La tarde iba gris y repleto el bus. Envuelto en una atmósfera pesada abrí las primeras páginas de Antes del fin, el último ensayo de Ernesto Sabato, de quien había leído –si se puede decir así- solamente sus Diálogos con Borges,  provocados y compaginados por Orlando Barone. 

No leía estos Diálogos tanto por Sabato, sin embargo, me sorprendió leer esas conversaciones pues, entendido como estaba de la leyenda de un Sabato pesimista y desesperanzador, aquel intercambio con Borges me pareció brillante y, más bien, sin que esa fuera mi intención, releía y subrayaba las ideas de Sabato con más deleite que las de Borges.

Antes del fin, era su último ensayo y prometía ser una especie de obra casi póstuma. A partir de la primera frase (“Vengo acumulando muchas dudas, tristes dudas sobre el contenido de esta especie de testamento…”) perdí la noción del espacio, me había fugado ya de aquella atmósfera pesada envuelta en ese espeso vaho, mezcla de hombre, mareo de bachata y pollo frito.

Me conmovió la incertidumbre de sus primeras palabras, tomarse el riesgo de tantear entre sus impresiones para extraer algunas ideas que le parecían urgentes antes que fatalistas. El relato de su vida, sus luchas interiores, la victoria de su vocación literaria sobre su oficio científico en el Laboratorio Curie, sus encuentros y desencuentros con Breton y el surrealismo, su ruptura con la izquierda,  todas parecían páginas extraídas de un universo kafkiano en el que el protagonista sabe que a cada paso que dé se le revelará una verdad cada vez más potente y dolorosa, verdad que, sin embargo, no podrá evitar.

El paso del tiempo y su voluntario aislamiento han llevado a muchos lectores y no lectores de la obra de Sabato a identificar su ideario con un recuento de las miserias y la derrota de las utopías. Pero quienes hacen esa lectura de su obra, pienso que obvian el necio esfuerzo de Sábato por advertir insistentemente sobre la crisis de Occidente pero, más que esto, por señalar pasillos por donde encontrar salida o más bien, por donde encontrar el regreso.

La sociedad actual sólo permite el “progreso”, dicta un avance lineal y continuo, no concibe que un ser humano o muchos prefieran regresar y corregir el paso que han señalado las hegemonías de cualquier color.

Aquella tarde, embuchado en aquel bus hacia Limón, viví una de las mejores experiencias que me ha deparado la literatura. Por un instante fui Sabato, un viejo moderno que ve el mundo de ahora con un enojo casi compasivo; perdí la ingravidez de la indiferencia y me sentí uno con todos los pocos que resisten, con los que no quieren seguir porque no quieren abonar al despropósito mercante del mundo, con los que perdieron las ilusiones, pero no el grito y el hambre de socorro.

Aquella noche, habré hablado más de mi descubrimiento literario que de los ubanguis o los hotentotes, contagiado como estaba de aquella lucidez fugaz.

Desde aquel momento, Sábato y yo fuimos buenos compañeros de viaje, leí, subrayé y casi memoricé Antes del Fin, Uno y el Universo, La Resistencia, Diarios de mi vejez en España y, como buen samaritano de los libros, los presté todos a quién sabe quién.

A quienes tengan esos libros -los míos o los propios- no puedo más que desearles ese rapto de luz que me dejó su lectura, ese momentito de verdad entre mareos de bachata y olor a pollo frito. 

Pablo Rojas. Junio 2011.

La liberación Wikileaks


Los cables llegan en desbandada, tan aceleradamente que a veces resulta imposible seguir el ritmo de las publicaciones, analizar su contenido, sospechar sus consecuencias. Esa fue la condición y esa ha sido la práctica: publicar todos y cada uno de los cables cedidos por la organización Wikileaks.

La publicación de los cables por parte del periódico La Nación, más allá de valoraciones sobre la reputación del medio que difunde estos cables, podría representar el  material informativo deimportaciónmás valioso de los últimos tiempos, quizá no tanto por lo que revelan como por aquello que reiteran: la vigilancia perpetua sobre el buen oficio de la razón política en Costa Rica.

Quienes esperan morbosamente ver revelados datos oscuros, sangrientos o escabrosos en estos cables, no sólo ignoran el modo operativo de la diplomacia, sino que pierden de vista (quizá por insana costumbre) uno de los detalles más trascendentes: la injerencia continua del poder en la vida de las personas.

Las repetidas muestras de aprobación o desaprobación acerca de acciones, personas y movimientos, las prohibiciones, advertencias, condenaciones por parte del gobierno de los Estados Unidos hacia el gobierno costarricense o los movimientos sociales, no son más que repeticiones de las que se desprende la voluntad de intervención norteamericana hacia los Estados americanos que dependen de su estima.

En la obra Microfísica del Poder, Michel Foucault desmonta el sistema represivo que ejercen las Instituciones sobre las personas mediante sus discursos. Por ejemplo, a través del discurso religioso católico sobre el pecado, el castigo y el perdón, opera un complejo sistema de relaciones que terminan por condicionar el comportamiento de las personas, toma posesión de ellas, de sus ideas y, finalmente, de su cuerpo.  En otro caso, el discurso “estético” de la belleza moderna, desemboca en la aversión de las personas hacia su propio cuerpo o en patologías surgidas de una lectura inconsciente de este discurso de la pálida delgadez.

De esa forma, los discursos toman el poder y las personas viven sólo para representarlos, para recrearlos, vivir y morir por ellos. Viven, respiran, se reproducen a través de las personas, las sobreviven.

De la misma forma, pero con mayor intensidad, en la diplomacia internacional se ponen en juego los mecanismos del poder político para condicionar la vida de los pueblos a través de los discursos de los gobiernos poderosos.

Estados Unidos, al ser ideológicamente el país más influyente del mundo, juega el papel de Institución para los demás Estados y se vale de la diplomacia como el medio de propaganda más sofisticado para difundir y defender su discurso a toda costa.

Por ejemplo, uno de los temas más relevantes entre los distintos tópicos presentes en estos cables es el pulso entre el presidente Pacheco y la diplomacia norteamericana acerca de la celeridad con que se debía aprobar el TLC y la prudencia con que se debía tratar la reforma fiscal, por entonces naciente.

En los cables se evidencia que el gobierno de los Estados Unidos consideró que Costa Rica debía acelerar la aprobación del TLC y demorar, en cambio, la discusión de un plan fiscal. Así, podemos leer: “President Pacheco reiterated his requirement that the Legislative Assembly approve the Fiscal Reform package prior to his sending CAFTA-DR to the Assembly.”

Las consecuencias de esta decisión están a la vista y nadie, sino los costarricenses, tendrán que cargar con la responsabilidad de esta decisión ajena.

De esta manera, una vez más, el poder político opera a través del discurso y condiciona a su antojo la vida de las personas.

Es así  como el fenómeno (fea palabra) Wikileaks (fea palabra también), resulta no tanto revelador como liberador, porque abre una vez más la posibilidad de liberar a la verdad, no del poder, que sería imposible, sino de las hegemonías, esas viejas instituciones que han tendido una cerca demasiado estrecha al saber.

Pablo Rojas. Marzo 2011.

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Ayer vi a Facundo

No todos los recuerdos felices se parecen, algunos son felices a su modo.

Mi abuelo no sabía que ayer yo vería asesinado a su Facundo querido, pero esa tarde no importaba porque Facundo vivía y mi abuelo también.

La tarde era temprana, acabábamos de celebrar el día de algo, o el cumpleaños de alguien o alguno de los tantos misterios que se rezaba en casa de mis abuelos, poco importa. Tito me llamó a su cuarto y yo fui, estaba viendo cantar a Facundo, un concierto en Costa Rica, que ya para entonces era un concierto bastante viejo, de esos tesoros ajados de la videoteca del SINART.

El escenario era mínimo, él vestía una camisa de mezclilla igual a la que vistió siempre, unos anteojos todos duros y una vocezota hipnótica, perfecta. 

‘Soy el orgullo de mi abuela que es la vergüenza de mi familia’, Tito se moría de risa y yo me reía con él. Debo confesar que entendía bien poco algunos chistes que él hacía, pero gocé como nunca con mi abuelo. No nos movimos de ahí hasta que los super del concierto cortaron la imagen de los aplausos, cuando entonces mi abuelo se levantó a servirse algo y yo, a jugarme la vida con mis hermanos.

Un año después, Tito se moría. Al año de su muerte, descubrí la guitarra al tiempo que aprendía muchas de las lecciones que había escuchado de Facundo.

Nunca olvidaré que de boca de Facundo fue donde escuché por primera vez hablar de Borges, de Arthur Rubinstein, de Gandhi, de Diógenes, de Whitman, fue él quien me los contó, rodeados del aura de su poder narrativo. Luego me cuestioné la veracidad de muchas de esas frases que él les atribuía, o de las maravillosas historias que sobre ellos él contaba, pero poco importa, porque gracias a él los conocí y a él le debo la primera impresión siempre mágica de esos genios.  Después de todo, creo que el arte no se debe a la verdad sino al asombro.

Debo confesar que mi Facundo más amado no es el de sus últimos años, sino el temprano, el de la facha de intelectual añejo, la guitarra milonguera, la chanza política en plena guerra fría, el de Ferrocabral, ése, el que vimos mi abuelo y yo, cuando yo era niño y mi abuelo y Facundo, estaban vivos.   

La noticia de su muerte en Guatemala me sorprendió estando con mi hijo, Dario. Cuando pude asimilar el absurdo que me contaban los periódicos digitales y leí el cintillo minúsculo de CNN “Cantante argentino Facundo Cabral asesinado a balazos en Guatemala”, sentí unas ganas coléricas de llorar. 

 Pero, entonces, y casi sin quererlo, una rabiosa esperanza  me llevó de vuelta a esa tarde con Tito, a mi primera noche con una guitarra, a un nocturno de Chopin en manos de Rubinstein, a Hojas de Hierba, a El Aleph, al estribillo ‘esas cosas son ahora, la vida es ahora mismo’ y no pude llorar, sería ingrato llorar, por qué, por quién, son tantos los dones que se reciben de un artista, del arte, por qué llorar, para qué.

Entonces, alcé a Dario y le canté con el espíritu de mi abuelo, bien bajito: “Vuele bajo porque abajo está la verdad, eso es algo que los hombre no aprenden jamás.”

Y ése tal vez sea un recuerdo feliz, a mi propio modo de ser feliz. 

Pablo Rojas. 2011 

"Todo mi oficio se reduce a buscar sin piedad ni descanso la fórmula con que poder vociferar socorro y que parezca que es el siglo quien está aullando esa maravillosa palabra."

Félix Grande, 1961.

24 de mayo 2011, Instituto de México. Sergio Ramírez presenta su novela La Fugitiva. Yo estuve ahí :)

24 de mayo 2011, Instituto de México. Sergio Ramírez presenta su novela La Fugitiva. Yo estuve ahí :)

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De acá (extracto)

Mis padres fueron puntuales, según su costumbre.

Habíamos recorrido al menos cien kilómetros para llegar al lugar, detalle que papá había considerado una excentricidad bastante descortés, pero que mamá había justificado aduciendo que la familia de Sofía era ‘de allá’.

Aparte de la casa, que más parecía un galerón, afuera nos esperaban dos mesas de madera con un mantel de plástico estampado sobre las cuales se encontraban servidas algunas frutas sin cortar ni pelar y un pichel con una sustancia que bien podía ser té frío de paquete o sopa negra. 

Mamá, atendiendo a sus buenas costumbres, ni bien pusimos un pie sobre el mosaico derruido, ofreció su ayuda a Berta, la criada, quien la hizo pasar a la cocina. Mi papá, en cambio, se dedicó a babocear con Enrique, quien parecía ser el cuidador de aquella propiedad. 

‘Qué paisaje!’, ‘es que el aire que se respira…’, ‘y tamaña propiedad’. Estas frases de papá se confundían con otras frases menos profusas a las que Enrique asentía distraídamente mientras desollaba con sus manos infinitas la piel de una rama de café.

A pesar del recuento impresionista de papá, el paisaje que rodeaba la casa era desolador. A lo lejos rompían la sequedad de la montaña unas pocas plantas de café, trenzadas aleatoriamente a la colina, como únicas sobrevivientes de la aridez que traía consigo el mal tiempo de estos lugares. Más acá, se podía ver la pequeña capilla y la plaza, pero la distancia no permitía observar señales de la vida allá, aunque, juzgando por la quietud que se adivinaba en aquel pueblo, yo podía apostar a que ahí no habría un alma, al menos, viva.

Además, el aire se había comenzado a espesar bajo el toldo de nubes pesadas de esa mañana, una mañana húmeda, tibia y oscura.

La casa estaba asentada sobre unas terrazas erosionadas, y toscamente labradas por Enrique, las que en alguna época habrían sido cafetal, del que quedaban solamente algunos palos encorvados y secos. La palidez que mostraba la casa hacía creer que podía haber sido construida hace décadas, sin embargo, no tendría más de 5 años de haberse levantado sobre aquellas terrazas informes y secas. De lejos, aquella casa parecería una mancha de sal sobre la tierra roja.

–Ésa diallá ‘rriba es mi casa-.

La casa de Enrique ocupaba una pequeña porción de la terraza superior, el resto de planicie estaba ocupada por dos galerones que ahora parecían abandonados. El segundo galerón se extendía bajo un cobertizo de lona vieja y roída, acuerpado por cuatro pilotes de sostenían unas reglas de madera colocadas horizontalmente que hacían las veces de portón y, al mismo tiempo de sostén para los pilotes. El primer galerón estaba techado con cinc, montado sobre perling ya herrumbrados. Lo que llamaba la atención era que, colgando del techo y atadas con mecate,  dos sacos de carga blancos, grandes, dos bultos inertes, uno junto al otro.     

‘Raro lugar para celebrar una fiesta’, dijo papá –‘Sí, y raro que a estas horas nadie llegue’.

En realidad, mamá exageraba, los primeros invitados habían comenzado a llegar, pero eran tan pocos y tan ajenos a nosotros, que parecían más bien unos desdichados reunidos ahí por la caridad de los anfitriones. Al menos así lo quería ver yo. 

Cuando pregunté a Sofía si ésos eran amigos suyos, ella respondió como distraída: ‘No, sólo son de acá’. 

Había algunos pocos chicos entre ellos y resultaba difícil aprender sus nombres ya que aludían a una tradición absurda: Wimbly, Metson, Milder. Pero lo que más me impresionó fue que al poco tiempo de observarlos y sin ser yo demasiado buen observador, descubrí que guardaban una similitud entre ellos que resultaba escalofriante, era como si se tratara de retratos vivientes de una persona en diferentes momentos de su vida.

Tenían la piel blanca, con las mejillas enrojecidas por mal clima habitual. Su pelo era rubio quemado y en sus ojos entrecerrados se repetía una cicatriz que parecía completarles el arco de los párpados. 

Para mí consuelo, a los pocos minutos –ahora no podría saber si fueron horas- llegó Nacho con su mamá.

-Venga, venga- Me llevé a Nacho casi a empujones dizque a jugar bola en la pequeña terraza que estaba justo detrás de la casa, pero, en realidad, pretendía llevarlo conmigo a conocer los alrededores de aquella casa. Como cualquier niño, librado a mis instintos, deseaba llegar más allá, pero más me empujaba un desconcierto de mi imaginación que me hacía intuir que aquel lugar tenía algo de siniestro. (continúa)

Pablo Rojas Vargas. 2011.

Presente

Frente a la computadora. Escribo. Las palabras parecen llegar muy de prisa, como vinieran escapando de algo, pero de qué y de quién. Mientras escribo, voy dejando palabras que ya son pasado, voy escribiendo cenizas. Por eso escribimos casi siempre en negro, porque escribimos lo que venimos dejando atrás. Aunque escribamos sobre el futuro y para el futuro, la palabra escrita siempre es pasado.

Recuerdo que un amigo que trabajaba en un periódico tenía la costumbre de llevarme el miércoles la revista que se iba a publicar el domingo siguiente. Esto me parecía confuso, pues era como si yo fuera el único que estaba enterado de una gran conspiración, la conspiración de hacer creer a la gente que la información venía nuevecita. Todos verían la revista dominical, la información recién revelada, sin siquiera sospechar que era ya tinta impresa hace días en un papel ya medio ajado de esperar.

Esto siempre me ha parecido una gran metáfora del tiempo.

Los que escribimos lo hacemos para el futuro, un futuro que para nosotros ya pasó, pero usted, que leerá estas palabras en ese futuro, les volverá a dar vida en su presente.

Porque sólo el presente da vida, sólo en el presente hay vida.

Que disfrute esta nueva edición y gracias por dar vida en su presente a nuestro periódico Rumbo Sur. 

Editorial Periódico Rumbo Sur. Costa Rica. 2011.